A la primera la maté una noche de junio, cuando por las noches el frío comienza su cruel calvario y se anida prolijamente en los huesos hasta convertirse en un dolor punzante que apenas sí merece la pena recordar. Lo nuestro nunca debió haber sido y este momento nunca debió haber llegado, sin embargo ahí estábamos, los dos frente a frente, ella desnuda en la cama y yo a minutos de intentar buscar el sueño. No podíamos seguir juntos, no podíamos seguir vivos uno al lado del otro. Al menos no bajo el mismo techo.
Llegado el momento y habiendo tomado la decisión –de la cual admito no estar avergonzado hasta el día de hoy- le comencé a pegar. Ella era más chica que yo, sin embargo no era presa fácil. Logre bajarla de mi cama y la contemplé unos segundos, mientras comenzaba a moverse, intentando balbucear algo nerviosa palabras que jamás llegaré a escuchar. Luego –intentando no mirarla a los ojos- le di el golpe de gracia. Pero ese no sería su fin.
A ella la había conocido media hora antes. En alguna esquina subió a mi auto sin darme cuenta y al salir del baño para acostarme, ella yacía desnuda, en mi cama, esperándome. Sus piernas, largas, prolijas y oscuras me asustaron de inmediato. No estaba acostumbrado a este tipo de aventuras. Nos miramos en silencio hasta que tome la decisión. No me culpen: ella se metió donde no debía.
Al verla en el suelo decidí perdonarla y dejarla vivir, pero la muy imbécil comenzó a levantarse, intentando subir a mi cama. Entonces me decidí y simplemente le di el golpe de gracia. Silencioso, certero, placentero. Limpie sus restos en el baño y noté que esto no era sano y estaba ocurriendo más seguido de lo que quería. Me decidí a dejar de lado el sueño por un momento y buscar un fumigador decente. Algo me decía que ésta no era la primera ni la última de ocho patas que mataría desde entonces.
Llegado el momento y habiendo tomado la decisión –de la cual admito no estar avergonzado hasta el día de hoy- le comencé a pegar. Ella era más chica que yo, sin embargo no era presa fácil. Logre bajarla de mi cama y la contemplé unos segundos, mientras comenzaba a moverse, intentando balbucear algo nerviosa palabras que jamás llegaré a escuchar. Luego –intentando no mirarla a los ojos- le di el golpe de gracia. Pero ese no sería su fin.
A ella la había conocido media hora antes. En alguna esquina subió a mi auto sin darme cuenta y al salir del baño para acostarme, ella yacía desnuda, en mi cama, esperándome. Sus piernas, largas, prolijas y oscuras me asustaron de inmediato. No estaba acostumbrado a este tipo de aventuras. Nos miramos en silencio hasta que tome la decisión. No me culpen: ella se metió donde no debía.
Al verla en el suelo decidí perdonarla y dejarla vivir, pero la muy imbécil comenzó a levantarse, intentando subir a mi cama. Entonces me decidí y simplemente le di el golpe de gracia. Silencioso, certero, placentero. Limpie sus restos en el baño y noté que esto no era sano y estaba ocurriendo más seguido de lo que quería. Me decidí a dejar de lado el sueño por un momento y buscar un fumigador decente. Algo me decía que ésta no era la primera ni la última de ocho patas que mataría desde entonces.
