
Una mañana, al subir a mi auto, noté que una pequeña hoja -cuya identidad guardaremos por respeto a sus familiares y amigos- había detenido su caída natural para aferrarse, con sus últimos aires, al limpia parabrisas trasero. Al preguntarle sus intenciones, la moribunda me pidió, con un hilito en su voz, que le permitiera acompañarme en mi diario paseo por Santiago. Sin pensarlo mucho, accedí silenciosamente a su petición pues -aunque fuera sólo por unas horas- el triste destino que comparten las delicadas habitantes de árboles durante esta época sería aplazado por un último deseo: conocer la ciudad.
Al llegar a mi destino final, la mencionada hoja decidió acabar con el paseo para vivir sus últimos momentos al lado de mi auto.
Al llegar a mi destino final, la mencionada hoja decidió acabar con el paseo para vivir sus últimos momentos al lado de mi auto.
Aquí un pequeño homenaje gráfico.