Ahí estaban de pronto
frente a frente
ensordecidos por el ruido de las miradas
sin más escape que el infinito de sus ojos,
de sus espacios,
de su piel.
El siempre repetido momento del instante eterno
la eterna incomodidad
del no saber qué decir,
acabose en el preciso momento,
minuto, segundo,
en que volvieron a sentir
y soñar, y desear,
las manos del otro en su piel