Siempre pasaba por la misma esquina para mirarla. Nunca le hable, no fui capaz. Siempre pense en un hola, que tal, pero nunca le hable -miento, alguna vez le pedí fuego, pero ella solo prendió mi cigarro- triste, ¿cierto? Un día ella no estaba, su silueta la dibujaba la tiza y su mirada el vacío. Que puedo decir, la perdí, se la llevó una vieja que debiera haber dejado de manejar el día en que ella y yo nacimos, pero no fue así: el día que la vieja murió también murió ella y la posibilidad de haberle contado mis sueños.
* Este microcuento apareció de repente en el respaldo de un viejo pc que yace dormido hace tiempo...me pareció necesario publicarlo.